FRAGMENTO XVIII: Roca Negra.
FRAGMENTO XVIII
Roca Negra.
Mar. Sin tintas.
Hace poco tuve la oportunidad de volver al mar. Entre la diversión y el
placer de volver a estar en contacto con el agua salada y compartir a solas con
mi pareja, me tomé el tiempo para volver a uno de esos viejos hábitos pegadizos
que tengo desde muy niño: recoger piedras de la orilla de la playa.
Entre las rocas candidatas para volver conmigo a casa, una de ellas llamó
mi atención. Desde su forma particular, su peso y la sensación que producía al tacto
captó y robó toda mi inquietud. Sentí, de formas indistintas, que estaba
destinado a encontrarme con ella.
Tal coincidencia, me obligó a recordar y pensar en los encuentros con objetos
cotidianos que, a lo largo de los años, me habían hecho sentir lo mismo: estar
destinado a mi encuentro con ellos. A lo mejor es una fascinación con sentir
soy parte de algo, de un todo.
Muy poco hablo acerca de ciertas travesías: esos viajes fugaces llenos de
melancolía y ansias de libertad que aparecieron en algún punto de mi adolescencia
y que, al sol de hoy, por razones que aun no comprendo o no he querido comprender,
siguen surgiendo, floreciendo, acumulándose.
Algunas veces los sábados de madrugada, muy rara vez un domingo por la
tarde, he realizado esos tramos cortos cargados de tonos singulares, acompañado
de un ukelele que suena poco, del silencio de mis pasos descalzos; de la
paciencia que tiene un camino detenido en el tiempo.
Pero nunca hay suficientes letras para esos paseos de contraste: ese en el
que la noche y el alba hacen el amor, como si trataran de enseñarnos el placer
de tal convergencia y que, baña y se apodera de todo el recorrido. Escasean las
palabras para referirse a lo que produce ser parte de estos paseos en
solitario.
Texturas, sabores, razones. Cada uno de esos tramos ha estado enmarcado por
las ganas de llenar ese vacío que siempre ha caminado conmigo y al cual, más de
una vez, he invitado a hacernos compañía.
Aún sin saber cómo expresarlo, no puedo hacer caso omiso a mi fiel creencia
sobre la existencia de quienes vagamos de un lugar a otro, dejando memorias,
olvidando rostros, recordando aromas. Se me hace innegable el hecho de que, existen
lugares del mundo que nos llaman, nos arrastran ellos a través de los signos,
de las señales, de las casualidades; y a los que no nos negamos la posibilidad
de ir sin importar el momento, la ocasión, la hora, el día.
Y lo hacemos, muy seguramente, porque sabemos que el mundo está lleno de
primeras veces, pero no hay segundas oportunidades; y si más de nosotros nos diremos
cuenta de eso, no dejaríamos pasar los momentos.
Algo nos hace pensar que desaparecer, envejecer y vivir siendo nadie, es
pasar desapercibido, normalizar no hacer nada por nadie, ni siquiera por quien
nos ama realmente. Pero para poder cambiar esa forma de ver las cosas, la vida,
debemos emprender estos tramos cortos. Buscar esas respuestas en nosotros
mismos, a través del entorno, de lo que nos rodea.
Aún se siente extraño despertar un sábado en casa, rodeado de tanta gente,
y al mismo tiempo, de una soledad que me abruma. Pienso en lo que siento, y
creo que así, tal como yo, debía sentirse esta roca negra, que protagoniza esta
entrada.
Creo, que a veces elegimos no movernos, porque estamos seguros de que la casualidad
llegará a nosotros; y al mismo tiempo, sentimos que debemos movernos a todas
partes, para que, a lo mejor, seamos nosotros, quienes encontremos y demos con
esa casualidad.
A veces no hacen falta razones para movernos. Así como tampoco, es necesario
tener una explicación o una razón, para haberme encontrado con los objetos a
los que estaba destinado a encontrarme. Quizá, simplemente debía pasar.
Y son esas casualidades, estos encuentros destinados a pasar, los que
componen los fragmentos de nuestra vida: esos pequeños momentos que decidimos,
dejar pasar o tomar, sabiendo que no hay segundas oportunidades.

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