FRAGMENTO XII: CIUDAD FRIA

FRAGMENTO XII:

Ciudad Fría

Café. Tinta Roja.



Casi siempre miércoles. Definitivamente sólo pasaba miércoles.

Café claro, con leche. Días de barba y mucho trabajo, más que todo inquietud, aunque no me impedía devolverle la sonrisa a la bartender que trataba de ser coqueta a pesar de llevar el cansancio de su jornada, casi por terminar, en el rostro. Si hubiese estado menos ocupado, de la mente, no del tiempo, a lo mejor le habría devuelto el encanto y le habría invitado a salir.

Me sentaba siembre de tal forma que la gabardina negra, carísima pero comprada en descuento, colgara de la silla mientras mis jeans rotos y botas cafés, eran el centro de atención. Bolso de cuero, ese con el que me habrán visto un par de veces, gafas de lectura y una cantidad de papeles, suficientes para hacerle entender a cualquier alma trashumante, que no quería contacto alguno.

La mesa, repleta de rectángulos blancos que llevaban marcadas historias y tatuadas las runas de mis vidas anteriores: inquieta, ansiosa y siempre esperanzada en encontrar a la mujer que tanto había soñado, en cualquier lugar del mundo, a una hora indiferente, en una ciudad cualquiera. Podía pasar en algún momento, así que siempre usaba la misma ropa para visitar el café de la 68 con 13.

Cuando lo recuerdo, pienso en lo mucho que me gustaba verme trabajar, en alguna superficie en la que me reflejara. Pero no sólo cuando escribía las historias, o al final de una tarde, sino en cualquier momento, en todos los momentos de mi vida. Me emocionaban mi orgullo y mi apariencia, mi capacidad para hacer foco en cada instante del día, como si fuera el último de mi vida, tanto en el movimiento como en la quietud, en la palabra o el silencio.

Me impresionaba la madurez, y lo objetivo que era, con la que reparaba algún error imperceptible para cualquiera de mis conocidos que, cometía mi mente cansada, ese yo agotado que tanto fui, por esos días. Me inquietaba la desdicha que atravesaba cada uno de mis silencios, ese sentimiento de haber perdido algo que ya nunca volvería, y que se dejaba ver en mis pasos torpes, al mismo tiempo que repercutía en las cosas que cada uno de los que me veían habían perdido: ya fuese tiempo al mirarme trastear con mi propia humanidad, o algo tangible. A lo mejor habían perdido un ser querido, sin haber podido despedirse.

No creo, por su puesto, que todo girara entorno a mí, pero si giraba en torno a aquel lugar, no tan al norte, no tan al este, no tan hacia ningún lugar, en aquella ciudad fría, carente de personalidad y donde dejé gran parte de mi búsqueda: ojos citrinos, llenos de anhelo. Esa melancolía propia de quien lleva extrañado toda la vida. Cabello largo negro, aroma a jazmín. Lentes de vez cuando, hombros grandes, cintura pequeña, y lo demás, aunque no era importante, sobraba, no como cuando no es necesario, sino como cuando ya es bello, sólo por el hecho de existir. La mujer de mis sueños.

Sentí por años, que miércoles tras miércoles me perdía la oportunidad de encontrarla por estar en aquel lugar.

Junto a mí, frecuentaban algunas personas indistintas que saludaba con ademán más bien flojo, de esos que quienes me conocen saben que me caracterizan y que, por alguna razón, tienen la capacidad esa, tan distante para mí, de hacer que la gente me aprecie y me sienta cercano.

Los primeros seis meses no crucé palabra alguna con nadie. Para el mes octubre de aquel año, ya hacía parte del lugar. Mesa número 26, madera castiza, cada miércoles, por casi tres horas. Se hizo habitual una pequeña charla con Ernesto un tipo rudo, bien entrado en años y que me hacía recordar a mi papá.

En algunas charlas rompía mi tiempo de estancia, me quedaba más tiempo, disfrutando de la luz tenue, de los acabados rústicos del metal y la madera juntos. Del olor a café y vainilla, que mezclaba con la brisa fría de mayo, de octubre y de diciembre. De la privacidad que brindaba aquella mesa, el calor de la gabardina, de los mis saludos esquivos y de las miradas de desconocidos que buscaban descifrarme. De los pasos torpes, del silencio de las dos treinta.

En noviembre de mi ultimo año en la ciudad sin personalidad, decidí que no podía quedarme. Y entonces me di cuenta de lo mucho que había acumulado en aquel piso doce. Llegué con un morral y una mochila. Cuando quise empacar para regresar, me di cuenta, que hacían falta más de dos maletas grandes para empacar todo lo que quería llevar.

Me hizo llorar, de la emoción, volver a encontrarme con esas cosas. A este punto ya deben saber sobre mi debilidad por sentir que el encuentro con objetos cotidianos en ciertas condiciones me hace pensar que estaba destinado a ello.

Y puede que bajo esa premisa, siga siendo un soñador o simplemente alguien muy sensible, o que tenga mucho llanto acumulado adentro, a impulso de haberme mostrado siempre fuerte, cada vez que sentía impotencia, angustia o tristeza. Antes de irme, quise pasar al café a desearles buena suerte.

Me despedí, sabiendo que ya nunca volvería. Mi estancia en aquella fría ciudad llegaba a su fin y las historias, se irían conmigo. Muy por dentro, sabía que debía moverme tarde o temprano, como en cada etapa de mi vida. Ya les había transformado su realidad lo suficiente, como para quedarme y cambiarlos más. Sin pensarlo o quererlo, me había hecho parte de aquel café, de aquella mesa 26.

No nos enseñan a decir las cosas que son difíciles de expresar. No hay guías o instrucciones para aprender a despedirse, ni para aprender a vivir sin las cosas y las personas que nos hicieron sentirnos parte de algo. No hay cursos para aprender a dejar ir las cosas que creemos o consideramos importantes.

En ese momento, estando en el avión, antes de aterrizar, pensaba:

Me gustaría seguir tomando el café aquel cuenco de madera. Me gustaría seguir durmiendo la siesta en algún sillón, con los ojos tapados por mi mano, cubierta con la manga del abrigo tejido, que tenía los colores del arcoíris. Me gustaría seguir sentándome a meditar en mi balcón con vistas a Monserrate. me gustaría seguir saludando a mis dioses de madera a la luz de las velas.

Pero mi viaje continuaba. Mi viaje directo a las respuestas, que me hacía entender, porque tomé la decisión de volver sólo con la ropa que llevaba puesta y el bolso de cuero que conoces. Aprender a viajar ligero.

Hoy, definitivamente, viajo ligero.

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