FRAGMENTO IV: LÍNEAS VERTICALES
FRAGMENTO IV:
LÍNEAS VERTICALES
Jazmín. Tinta Negra
Pasé un par de noches, que se me hicieron
meses, intentando entenderlo.
A pesar de no poder haberlo hecho aún, me
digo, como terapia para aceptar esa realidad de haber perdido piezas y no poder
recuperarlas, que es más fácil abnegarse; que batallar para encontrar una
respuesta que satisfaga a cierta lógica, no vale la pena, el esfuerzo, el mal
rato.
Pasé de entender, a creer, que resulta más
fácil vivir aceptando que hay misterios de la vida para los que no existe una
explicación, sin importar el orden en el que se halle; y aunque su verdad sea
una simpleza, es capaz de causar daño o dolor; una herida emocional, de esas
que están destinadas a nunca cerrarse.
Es así como se construyen los puentes a las
promesas rotas, a los secretos que destrozan el corazón y las mentiras
devastadoras, que nos van tatuando el ser: es así como se dibujan sobre el
alma, las palabras o acciones que, por su misma naturaleza, se hacen
imborrables.
Se hace entonces difícil volver a las
letras, esas que alguna vez fueron lastimadas y que el solo ejercicio de
ordenarlas, para expresar una idea, se convierte en una tarea titánica. La
memoria es un templo que cambia de acuerdo con la intención con la que se
visite; la mía está plagada de laberintos, de palabras, de escritos que vieron
la luz, y de respuestas: de esas que han hecho daño por lo simple de la razón
de su existencia.
Quizá se quedaron muchas cosas por decir,
quizá, no hacía falta decir nada.
No nos enseñan a expresar las cosas que se
tienen por decir. Aprendemos desde chicos a decir la verdad, pero nadie nos
dice, muestra o adoctrina, para saber decir lo correcto: ni en el momento correcto,
ni en la forma correcta, ni a la persona correcta.
La añoranza, que fue sinónimo de felicidad
y alegría, se hizo dolorosa. Dejé de amar cada cosa y aprendía más bien, a
aceptarla; preferí convertir la historia de ciertos recuerdos, que no son más
que una multitud sin rostro, en un cúmulo de malas decisiones, que tomé por
equivocación o por confiar demasiado.
Me dediqué a perder piezas y a escuchar, de
forma inevitable, los silencios, que no son otra cosa que el oxígeno de
cualquier melodía, que puede envolver dos almas en un solo ser o separarlos a
distancias inalcanzables, incluso para el tiempo. Supongo que, a nosotros, nos
tocó la distancia.
Creo que ahora lo entiendo. Las letras,
palabras y caracteres de un escrito forman un mensaje. También lo hacen los
espacios en blanco. Pasa igual que en la música con las notas, los silencios y
las pausas. En las escalas.
En las personas supongo, no debe ser muy
distinto. Ocurre entonces con los sentimientos, lo que se dice, lo que se hace,
lo que se sueña, los intentos; suman también, los silencios, las ausencias, lo
que se calla. Y entonces todo tiene sentido.
Quizá no el sentido que necesitamos que
tengan las cosas, sino, el que precisamos para aceptarlas y seguir adelante.

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